Crisis versus renovación en la educación

 

Nos dicen con frecuencia que estamos ingresando a la sociedad del saber y del conocimiento pero observando la realidad, parece que más bien nos aproximamos a la sociedad de la ignorancia, a juzgar por las falencias de nuestros niños y jóvenes que cursan la educación formal. 

En los últimos treinta años todos hemos visto como inexorablemente la educación escolar y superior ha desmejorado hasta alarmar a la sociedad pensante que ve como esta espiral de facilismo y mercantilismo compromete nuestro futuro inmediato.

No es cuestión de buscar excusas o lamentar las equivocaciones de nuestra generación que de forma generalizada  hizo del slogan “Mis hijos tendrán todo lo que yo no tuve” ‘o “todo lo que tengo será para ellos algún día”  lo cual convirtió a buena parte de la juventud en actores pasivos y acomodaticios a la espera simplemente de lo que sus progenitores le han repetido un millón de veces.

A este ciclo se han unido las redes sociales, telefonía, medios de comunicación, colegios, universidades de dudosa procedencia, educadores y un sinfín de factores que han llevado la educación a niveles simplemente inaceptables.

Cada día miles de alumnos terminan carreras y grados sin la debida preparación académica ingresando a un mercado laboral ávido de pagar sueldos mínimos no importando la calidad y compromiso de jóvenes que se integran a un círculo de mediocridad.

Nos dicen con frecuencia que estamos ingresando a la sociedad del saber y del conocimiento pero observando la realidad, parece que más bien nos aproximamos a la sociedad de la ignorancia, a juzgar por las falencias de nuestros niños y jóvenes que cursan la educación formal. 

En los últimos treinta años todos hemos visto como inexorablemente la educación escolar y superior ha desmejorado hasta alarmar a la sociedad pensante que ve como esta espiral de facilismo y mercantilismo compromete nuestro futuro inmediato.

No es cuestión de buscar excusas o lamentar las equivocaciones de nuestra generación que de forma generalizada  hizo del slogan “Mis hijos tendrán todo lo que yo no tuve” ‘o “todo lo que tengo será para ellos algún día”  lo cual convirtió a buena parte de la juventud en actores pasivos y acomodaticios a la espera simplemente de lo que sus progenitores le han repetido un millón de veces.

A este ciclo se han unido las redes sociales, telefonía, medios de comunicación, colegios, universidades de dudosa procedencia, educadores y un sinfín de factores que han llevado la educación a niveles simplemente inaceptables.

Cada día miles de alumnos terminan carreras y grados sin la debida preparación académica ingresando a un mercado laboral ávido de pagar sueldos mínimos no importando la calidad y compromiso de jóvenes que se integran a un círculo de mediocridad.

El verdadero propósito de la educación debe ser: hacer íntegro al hombre en cuanto a competencia, así como en cuanto a conciencia, porque si se crea el poder de competencia sin la orientación correspondiente para gobernar el uso de ese poder, se estará pervirtiendo la educación.

Los valores, ética, compromiso, moral y respeto son los principales pilares sobre los que descansa una educación integra.

No cabe la menor duda que en dicha formación la posibilidad de retroalimentarse con experiencias laborales en el extranjero son decisivas para  la formación de profesionales lo cual les permitirá  tener  una visión socio cultural amplia, tolerancia  y equidad.

Una nación es grande en la medida en que sus habitantes tienen acceso a una educación de calidad, si esta se  prostituye necesariamente ese país está condenado a ser presa fácil de los clanes familiares y políticos de turno, empresarios inescrupulosos y mercaderes de miserias.

Sin educación de calidad, desde la básica hasta la superior, un  país no puede desarrollarse. Sin capital humano preparado simplemente no es   no es viable. De ahí la importancia y la urgencia de una reforma global que detenga la mediocridad en que el planeta parece sumido. Hay que dar un salto hacia la educación de calidad y hacia una universidad capaz de producir conocimiento.

La excelencia universitaria no es algo que se pueda autoproclamar, no es un capricho de alguien que de forma arbitraria así lo proclama La condición de excelencia universitaria es un reconocimiento otorgado por “tus pares” a escala internacional que no se consigue de la noche a la mañana.

 Implica una larga trayectoria de éxito, jalonada por una visión estratégica y unas apuestas firmes y decididas para propiciar una comunidad académica autónoma, abierta, flexible y conectada internacionalmente, en la que florezcan la investigación libre, el pensamiento crítico, la creatividad y la competitividad

El compromiso es de todos.

Podemos y tenemos que rescatar la educación como pilar fundamental de una sociedad más justa y equilibrada.

No es una opción es una obligación moral y cívica que nos permita afrontar el futuro con menos desequilibrios posibilitando  también el evitar debacles globales orquestados en muchas ocasiones por mediocres de cuello blanco y abundancia de títulos en las paredes de sus inmaculadas oficinas.